Não, Los Abrazos Rotos não é um mau filme. Pedro Almodóvar é incapaz de fazer maus filmes, em oposição à merda que supostamente me venderam como "filme" a semana passada, na mesma sala de cinema, assinada por Joaquim Leitão "A Esperança Está Onde Menos Se Espera". Pelos vistos, a Esperança vive na Cova da Moura, até mesmo para famílias desfeitas que vivem no Estoril, mas que acabam a estudar na Amadora ou a candidatar-se ao emprego no CEFP de Benfica. Mães que deixam filhos de quinze anos com beijinhos a meio da noite e vão para Angola, rusgas à Monty Python Amadora fora, um pai deprimido cuja barba deprimida cresce da manhã para o dia seguinte tipo barba do pai Natal, puto que só é assaltado uma vez na escola, etc etc é tanta asneira, é mais um filme tuga que não vale nada. Não me falem mal do João César Monteiro nem do Manoel de Oliveira, que esses ao menos têm qualidade. Clichés atrás de clichés. Só faltou uma Soraia Chaves com as mamas de fora. Ou outra qualquer. Enfim, não interessa mesmo nada, não há nada a fazer, adiante. Hoje é de espanhóis que falo.
Eu adoro Almodóvar. O Almodóvar feito de sangue, de vermelho, de facas e alguidar, de dramas, de comédia (as tragicomédias), de muitas lágrimas, de muitas mulheres, de sexo despudorado, de dedos na ferida, das máscaras mil das personagens, dos segredos cabeludos, de situações do quotidiano travestidas, da subversão que só ele sabe, e como sabe, e que ao que parece, se esqueceu. Pelo menos, tem andado muito apagado. As alusões a um certo cinema dito sério andam por ali, há uma Cat Power pelo meio (e eu amo Cat Power), mas que num filme de P.A. fica desfasado com o resto, como se o calor de Madrid ou a aridez de Lanzarote não pedisse menos que uma voz latina e sangue, muito sangue. Penélope convence, mas é a única, e convence mal no papel de imitadora de Hepburn, essa grande, grande diva. A personagem tresanda a mau aspecto, heroin chic, pele mal tratada, maquilhagem a mais. Começa a cheirar mal a cena toda da musa, estou um bocadinho farta da Penélope de Almodóvar, preferi a Penélope de Woody Allen.
Gostei particularmente do cheirinho a velho Almodóvar no final do filme, uma espécie de remake de Mujeres Al Borde de Un Ataque de Nervios. Foi o que nos despertou literalmente a todos, uma chicotada à laia de gozo do próprio Almodóvar, como que a dizer-nos que não se esqueceu do que foi, mas que está a ficar velho para estas andanças. No fundo, deve ser isto envelhecer sem graça.
A seguir, a crítica que melhor traduz o estado de espírito com que saí da sala de cinema.
LOS ABRAZOS ROTOS
Dirección: Pedro Almodóvar.
Intérpretes: Penélope Cruz, Lluís Homar, José Luis Gómez, Blanca Portillo, Tamar Novas, Ángela Molina, Lola Dueñas.
Género: melodrama. España, 2009. Duración: 126 minutos.
Con nula perspicacia e irremediable antipatía pensé ante los primeros largometrajes de Pedro Almodóvar, tan celebrados entonces y añorados ahora por tantos espectadores que se declaraban seducidos por la frescura, la irreverencia, la modernidad, el humor, el posibilismo, la originalidad y el estilo del gurú de aquella cueva de impostura con pretensiones artísticas y lúdicas denominada movida, que la pasión que despertaba su cine entre la vanguardia obedecía a esa cosa tan provisional y epidérmica llamada moda, que sus hilarantes chapuzas fílmicas retratando a una fauna estratégicamente pintoresca y autoconvencida de que los tiempos estaban cambiando serían flor de un día.
Prejuicioso y maniqueo, me costó admitir ante la magnífica ¿Qué he hecho yo para merecer esto? que este hombre estaba dotado de un notable talento expresivo, una pasmosa facilidad para introducir el surrealismo en personajes y situaciones cotidianas, para reproducir con tanta gracia como desgarro la realidad, para plasmar el argot de la calle y el ritmo de la vida, para crear una tipología de seres humanos y de historias tragicómicas con el sello de su universo.
También era evidente que su certidumbre de que era un artista estaba afianzada, que su lenguaje, su tono y sus obsesiones conectaban con una masa notable, con la élite y con los intelectuales, los snobs y los experimentalistas, el diseño y las tendencias. Igualmente desarrolló, como Warhol y Dalí, un sentido impresionante de la autopromoción, de vender inmejorablemente y a nivel internacional hasta el mínimo suspiro que exhala su irresistible personalidad.
Consecuentemente, su cine jamás ha conocido el fracaso comercial, el público se siente en el placer o en la obligación de pasar por la taquilla, independientemente de que salten en estado orgásmico o echando espuma por la boca, su prestigio es absoluto en cualquier lugar del mundo supuestamente civilizado, rodeado de halagos y de esa atención masiva que él sabe crear y que pueden elevar el narcisismo a límites de frenopático, trascendente y progresivamente barroco, consciente hasta la náusea de que cualquier cosa que lleve su firma es un acontecimiento cultural y sociológico.
Y en ese prolífico e hiperpublicitado camino hay aciertos espectaculares como los de esa comedia modélica titulada Mujeres al borde de un ataque de nervios o el sentimiento en carne viva de Átame, momentos y secuencias en las que la inteligencia, la sensibilidad, la audacia, el sentido crítico y la mordacidad de este hombre alcanzan el esplendor en la hierba. Y también bastantes y enfáticos disparates, pretenciosas reflexiones, cine tan hinchado como hueco, vampirismo estratégico de todo lo que su olfato intuya que está de moda en el mercado artístico, tormentos y emociones de plástico aunque pretendan ir lujosamente vestidas, control absoluto en la gestación y el lanzamiento de sus criaturas, la molesta sensación de que hay demasiado cálculo en su permanente ambición de crear arte trascendente. Hablo en primera persona, por supuesto. La expectación que desata su cine, los infinitos premios, el boato que rodea a su obra, la condición que le adjudican de cineasta profundo e inimitable pueden rebatir en cantidad y calidad mis innegociables opiniones respecto a este frecuente y magistral vendedor de humo.
Y a veces te sorprende gratamente. Después de aquella insufrible, cursi y seudolírica oda al violador enamorado en Hable con ella y del retorcimiento espeso y sin gracia de los traumas y los fantasmas de infancia en la grotesca La mala educación, Almodovar habló con brillantez, complejidad, fluidez, dramatismo, encanto, de seres y sentimientos que conoce en la espléndida Volver.
Y en función de su anterior película, me asomo a Los abrazos rotos con esperanza, intentando no volverme majara con el alud promocional que están montando el genio de La Mancha y su oscarizada musa, con la certeza de que me voy a encontrar el careto de ambos hasta en la sopa. Se supone que es un intenso tratado sobre la pasión, la pérdida, el recuerdo y la supervivencia. Hay un guionista ciego que alguna vez vio y fue director de cine. Su dolor parece resignado. Le cuidan una eficiente señora y su discotequero hijo. Inicialmente no te provocan demasiado interés, aunque deduces que hay pasado borrascoso, misterios por aclarar, que Godot va a aparecer. La temperatura emocional es tibia, ni lo que dicen ni lo que hacen presagian que el pasado de esta gente te vaya a remover.
Y aparece la femme fatale. Se lía con un tiburón que para no perderla pretende consumar los sueños de ella, hacerla estrella de cine con un director de primera clase. Pero llega el amor en medio del arte, y los cuernos y la atroz venganza del despechado e implacable villano. Y sigo como un témpano, no dando crédito a los forzados diálogos que escucho, sin que me salpique lo más mínimo el supuesto volcán que está acorralando a los amantes, ni las doloridas y metafísicas reflexiones sobre las heridas irreparables del creador cuando manipulan y alteran el montaje de esa obra amada en la que ha volcado su alma.
Hay infinitas referencias y homenajes a varios clásicos del cine para que captemos el compartido y penetrante mensaje sobre la creatividad que plantean Almodóvar y sus colegas del alma. Y los sentimientos pretenden estar en carne viva, pero como si ves llover. Y lo que observas y lo que oyes te suena a satisfecho onanismo mental. Y no te crees nada, aunque el envoltorio del vacío intente ser solemne y de diseño. Y los intérpretes están inanes o lamentables. La única sensación que permanece de principio a fin es la del tedio. Y dices: todo esto, ¿para qué?
por Carlos Boyero
Crítico de cine y columnista de EL PAÍS.